Primavera florentina. Los farolillos del paseo del río desprenden mariposas de olores calurosos y miradas distintas. Durante el frío y breve invierno, los copos de nieve fueron exclusivamente fabricados por la cúpula de Brunelleschi una noche de enero. Emociones intrínsecas que formaban el deseo de la ciudad de expresar la navidad pasada y los primeros meses, los más difíciles en el inicio.
Cambios en las hojas arbóreas, colores que difuminan la atmósfera de sensaciones de soledad acompañada. Entre las estaciones venideras, los recuerdos de cada temperatura o color del cielo, añaden un verso al poema de experiencias dentro de mí. Las brisas del corazón de otoño llamaron a la puerta bajo cero grados, anhelando la primera primavera renacentista. Crecimientos tiernos de una vida dura como las piedras del campanille. Campanadas de risas entre palabras que se esconden bajo una pluma distante pero deseada.
Pétalos que preceden verdes llanuras alrededor del Arno. Juegos corpóreos que trazan los puentes, viejos y nuevos, de la ciudad. Naranja, rosa, amarillo. Morado, morado como el cielo en aquellas noches descendentes, repletas de emociones por llegar. Inquietudes que hoy pecan de tranquilidad para guardar un bello recuerdo para un desenlace desenfadado.
El frescor toscano, pintado de rojo y marrón en óleo color beso, toca la piel más delicada, destapada por las prisas del verano atropellante. Y Florencia, en un espacio atemporal, indefinido, sigue ahí, observando desde el subterráneo floreciente, sinuosa caricia que por fin deja ver la mano sabia, maestra de sabiduría. Y renace, recoge, rehace, reparte, retoca en el tocador afrutado del viñedo exquisito, para saborear una primera primavera con ojos liberados del parche temeroso.
Benvenuta spring.